Filosofía Taxiriana: arreglate para ti y no para que te vean

Es algo normal el querer vernos bien. En especial cuando estamos pasando por esa complicada etapa de la vida a la que llamamos adolescencia. Sufrimos cada día por tratar de encajar en una sociedad que no da tregua. Luchamos por hacernos un camino en medio de las tendencias, modas y gustos que ocupan las portadas de revistas y redes sociales. Eso, sin hablar de la presión social de conseguir una pareja. Y no una pareja cualquiera, sino una aprobada por aquellos que crean los paradigmas de los cuales tan ciegamente nos seguimos. 

Todo eso ocupaba mi mente de adolescente hace ya unos diez años atrás, hasta que escuché lo que hasta el día de hoy he denominado como: Filosofía taxiriana.

Cuando me ocurrió la revelación se celebraba el tan esperado día de amor y amistad. Una celebración que junta todas las tendencias y exigencias de un mundo llevado por la moda y los estereotipos y en el que obviamente me moría por encajar. Me encontraba en casa de mis primas paternas y habíamos decidido ir a celebrar en el que en esos momentos era el bar del novio de una de ellas. La mayor.

Mi otra prima y yo nos encontrábamos solteras (podíamos tener muy seguramente unos 16 años) y en pleno mundo de preparatoria, ese en el que crees que el universo te odia y todos los que están a tu alrededor conspiran en tu contra. O en el caso contrario, piensas que todos te aman y por ende deben hacer lo que digas; a eso se reduce el pensamiento adolescente. Con eso en mente nos decidimos a llevar lo mejor que encontramos en nuestro armario y nos arreglamos con esmero para estar a la altura de la celebración

Una vez listas tomamos un taxi y nos sumergimos en la noche.
Este es el momento en que el día de amor y amistad cambió por completo para mi. Cuando subimos al vehículo, mi prima (la contemporánea conmigo) y yo, empezamos a quejarnos a voz de coro sobre lo injusto que era que, en un día como ese nos hayamos arreglado tan bien y no tuviésemos a nadie con quien celebrar. Hablamos y hablamos y lloriqueamos como solo dos chicas de 16 años pueden hacer, sobre lo que en esos momentos considerábamos, era una crisis existencial.

Entonces, cuando el semáforo estuvo en rojo y aún faltaba un buen tramo para llegar a nuestro destino, el taxista ya cansado de escucharnos giró en su asiento y nos miró con las cejas fruncidas. El hombre podía estar en sus cuarenta pasados y tenía aspecto de luchador en bancarrota. Fornido, calvo y con expresión de muerte. Nos miró largo y tendido hasta que la luz se puso en verde y entonces, mientras encendía de nuevo el motor empezó a contarnos su historia.

«No se arreglen para que las vean, arréglense para ustedes» Así empezó lo que creí, sería el típico sermón de un adulto hastiado de ver chiquillas quejumbrosas cada fin de semana. Sin embargo, no podía estar más equivocada. 

El taxista empezó a contarnos su historia al mismo tiempo que nos llevaba por las bulliciosas calles de la ciudad. Él no siempre fue fornido, nos dijo. Antes era un hombre flacucho y desgarbado. Todos esos músculos llegaron en el momento en que su esposa lo dejó por alguien más. Un tipo musculoso (y que seguramente también debería parecer luchador en bancarrota) desde entonces se decidió a cambiar su apariencia para volver a conquistar a su mujer. De más está decir que eso no le funcionó.

Al parecer, nada de lo que hacía surtía efecto. No importaba cuanto crecieran sus músculos o cambiara su apariencia, su esposa no regresaba con él. Entonces una noche luego de llegar de trabajar, el taxista nos dijo que se pasó por un billar con la idea de olvidar por un momento sus penas, pero cuando entró se encontró mirando de frente al nuevo marido de su mujer, sentado en una mesa del centro. De un momento a otro todo el billar se sumió en un coro que cambió para siempre su vida :
» Y que no me digan en la esquina: el venado, el venado»

Para esos momentos ya las tres nos encontrábamos metidas de lleno en la historia del taxista, queriendo alargar el camino hasta el bar para poder escuchar como terminaba todo ese embrollo, se sentía como estar oyendo un audio libro en altavoz. El hombre nos torturó con unos perturbadores segundos de silencio en los que llegué a pensar que no nos diría nada más, pero entonces, tomó una respiración profunda y sin un solo atisbo de culpa o remordimiento nos dijo lo siguiente:
«Apuñalé diez veces al amante de mi esposa hasta matarlo.» 

 Déjenme decirles que nadie está preparado para escuchar algo como eso. Sentí como toda calidez abandonó mi cuerpo. Ya no quería seguir escuchando nada de lo que aquel hombre decía y para nuestra desgracia el taxi se encontraba en movimiento. Como por instinto cada una de nosotras se pegó a la puerta más cercana, esperando el mínimo movimiento en falso para lanzarnos hacia el asfalto. Mi prima mayor iba viajando en el asiento del copiloto, ella bien pudo haberse fundido con la puerta.

Cuando el taxista se dio cuenta de nuestro miedo, el hombre esbozó una sonrisa débil y con la tranquilidad más grande del mundo nos pidió calmarnos:

«Ya pague mi condena, estuve preso y ahora ya estoy libre» 

No estaba segura de si eso debía o no tranquilizarme, pero la verdad es que no lo hizo. Pero entonces él volvió a hablar y aunque seguía estando asustada, llegué a entender el punto de aquella macabra historia. Comprendí aquella filosofía taxiriana cuando nos dijo:
«Perdí diez años de mi vida encerrado, por no haberme aceptado como soy. Así que les repito: no se arreglen para nadie, háganlo para ustedes» Se sorprenderán al saber lo bien que me hizo aquel peculiar consejo. Tal vez fue por el trasfondo de la historia, pero lo cierto es que desde entonces me permití ser una adolescente menos histérica y dependiente de las tendencias. 

Me preocupé por ser feliz. Sin embargo, no les voy a mentir, apenas el hombre nos dejó en el bar salí volando del asiento trasero y rogué por más nunca encontrarlo.

Pero aún así,  los invito a poner en practica esta filosofía taxiriana. A veces los mejores consejos los encontramos en lugares y personas peculiares. Pero no por eso dejan de ser buenos consejos. 

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